
Pocos emblemas condensan tanta historia en un dibujo tan sencillo como la Cruz de Borgoña: dos aspas rojas cruzadas sobre fondo blanco, con los característicos nudos en los extremos que recuerdan a ramas entrelazadas. Durante más de dos siglos, esta cruz no fue un simple adorno heráldico, sino la enseña bajo la que combatieron los Tercios españoles en los campos de batalla de Europa y bajo la que se organizó buena parte del gobierno y la administración del imperio hispánico en América. Hoy, ese mismo símbolo vuelve a estar presente en la calle, en banderas, pines y también en camisetas como la que da origen a este artículo.
Un símbolo llegado de Borgoña
El origen de la cruz no es español, sino borgoñón. El aspa en forma de X, con sus característicos nudos, era el emblema del ducado de Borgoña desde el siglo XV y estaba vinculado a la Orden del Toisón de Oro. Según la tradición, el diseño evoca la cruz en la que fue martirizado San Andrés, patrón de Borgoña, y los nudos representan las cuerdas con las que, según la leyenda, fue atado al madero. El símbolo llegó a la Península gracias a un matrimonio: el de Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, con Felipe el Hermoso, heredero del ducado de Borgoña. La guardia borgoñona que acompañó a Felipe trajo consigo esta insignia ya en los primeros años del siglo XVI, y con la llegada al trono de su hijo, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, el aspa roja pasó a formar parte del imaginario visual de la nueva monarquía hispánica.
La bandera de los Tercios
Fue en el campo de batalla donde la Cruz de Borgoña se convirtió en un auténtico símbolo nacional. Se considera que ondeó como insignia imperial y española por primera vez en la batalla de Pavía en 1525, uno de los grandes triunfos de los ejércitos de Carlos V. A partir de ahí, se convirtió en la enseña más característica de los Tercios, esas unidades de infantería que durante los siglos XVI y XVII fueron consideradas las más temidas y disciplinadas de Europa. Cada compañía solía llevar su propia bandera, con el aspa dibujada sobre fondos de muy distintos colores según el tercio o el capitán al mando; más adelante, Felipe II ordenó que, además, cada tercio portara una bandera de cabecera en color amarillo con las aspas en rojo, unificando así la imagen de las tropas españolas allá donde combatieran: Flandes, Italia, el Mediterráneo o el Atlántico.
El símbolo del imperio en América
La Cruz de Borgoña no se quedó en los campos de batalla europeos. Viajó también a las Indias, donde ondeó en fortalezas, presidios y buques durante los siglos de dominio español en el continente americano. Su huella heráldica sigue viva hoy en los escudos y banderas de numerosas ciudades y regiones de fuerte raíz colonial hispana, desde México hasta distintos puntos del Caribe y Centroamérica, recordando que muchas de esas instituciones y ciudades nacieron bajo esa misma enseña. Es, junto con la rojigualda posterior, uno de los símbolos que mejor resume la dimensión verdaderamente global que llegó a tener la monarquía española en su momento de mayor expansión.
El ocaso oficial y la vigencia actual
Con la llegada de la dinastía borbónica al trono en 1700, la Cruz de Borgoña fue perdiendo poco a poco su papel como enseña oficial, sustituida primero por otros diseños con las armas reales y, finalmente, en 1785, por la bandera bicolor roja y amarilla que hoy conocemos. Aun así, el aspa borgoñona nunca desapareció del todo: siguió empleándose en banderas de milicias y regimientos hasta bien entrado el siglo XIX, y en las últimas décadas ha resurgido con fuerza como símbolo identitario, ligado al orgullo por la etapa de los Austrias, los Tercios y la exploración y colonización del Nuevo Mundo. Se ha convertido en un emblema habitual entre movimientos hispanistas y tradicionalistas, y en un elemento de orgullo compartido entre España y buena parte de Hispanoamérica, allí donde esa historia común sigue siendo motivo de identidad.
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